poste y puerta

'Escribirás estas palabras en los postes de tu casa y en tus puertas' (Deuteronomio 11: 20)

la idolatría de la religión.

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Cambiaron la verdad de Dios por la mentira, adorando y sirviendo a los seres creados antes que al Creador, quien es bendito por siempre. Amén. (Romanos 1:25)

 Cuando se pregunta qué es el pecado, me imagino que oiríamos las respuestas normales;  el orgullo, la borrachera, el egoísmo, la inmoralidad sexual, por ejemplo. Sin embargo, según la Biblia nuestro gran problema se consiste en el cambio. Cambiaron la verdad de Dios por los seres creados. En lugar de disfrutar de la gloria de nuestro Creador y Padre, nos doblegaron ante el dinero, el sexo, el estatus, el poder, la fama o cualquier otro dios falso que adoran nuestros corazones. Según la Biblia, se llama esto, la idolatría.

Pero tenemos que reconocer esto cambio no consiste primeramente en adorar otros dioses falsos, sino en la deificación de yo mismo. Cuando rechazo la ley de Dios, estoy en proceso de establecer mi propio reino autónomo con mis propios leyes. Es decir, antes de ser ‘ley-infractores’, somos ‘ley-creadores’. Hemos cambiado la gran gloria de Dios por nuestro propio. Somos dioses autoproclamados. Esto es la esencia del pecado por el que somos todos culpables.

Claro que esta idolatría se manifiesta en todas esas respuestas comunes pero es importante reconocer que sólo son productos del problema principal; nuestro propio auto adoración idolatra. En los evangelios, raras veces eran las prostitutas, los borrachos o los ladrones que confrontaba Jesús; eran los religiosos de su día. Pero ¿por qué? Como los hombres religiosos, no habíamos renunciado la auto adoración? Puede ser que fueran culpables de la auto idolatría como los que se dedicaban a la ley de Dios?

Cualquier religión que intente impresionar a Dios con las buenas obras para admitirnos en el cielo, expresa una auto adoración idolatra más que una vida licenciosa lo pudiera. La meta de la religión es que mis buenas obras superen mis malas obras; que mi vida es moralmente superior a aquella de mi vecino. Por eso, la religión es un gran juego  en el que siempre se está intentando ver quien es el mejor; la expresión suprema de la auto adoración.

Peor aun,  el religioso hace sus buenas obras para poner a Dios en su deuda. Si doy el dinero a los pobres, si leo la Biblia o el Corán todos los días y si oro por los enfermos, Dios ‘tendrá que’ admitirme. Así, el religioso intenta manipular a Dios y ponerle a sí mismo sobre Dios. Al hacer estas buenas obras piensa que puede tener la sartén por el mango con respecto a su destina. Estos son roles que sólo pertenecen a Dios y por eso, no hace estas obras por su altruismo, sino para asegurar su propia preservación y aprobación.  Es como su padre, Adán. Así es la idolatría de la religión.

Pero somos cristianos evangélicos, ¿no? No pensamos que Dios exista para servirme a mí mismo, ¿no? Si fuera así, nuestro mensaje de buenas noticias y de la salvación  no se comercializaría tanto como algo que promete ‘la tranquilidad’ , ‘un camino al cielo’, ‘la curación interior’ o ‘la salud y la prosperidad.’  Cuando se habla de ‘fé en Dios’, a menudo se quiere decir una manera de encontrar la seguridad emocional, la bendición económica en esta vida y una póliza de seguros para aquella  después. Este evangelio es un mensaje que ni desafía a los dioses falsos por los cuales hemos cambiado el Dios viviente, ni nos provee a nosotros con una solución a las falsedades que constituyen las estructuras sosteniendo nuestras vidas esclavizadas. Algunos han llamado esta ‘creencia’ en Dios el deísmo terapéutico; Dios existe para curarme, perdonarme, sostenerme y favorecer mi causa. Por tanto, no nos sorprende que el coste de ser seguidor de Jesús que él prometió, se evita embarazosamente; o se niega completamente para que nuestras iglesias estén llenas de los que quieren que Dios les sirve a ellos mismos en lugar de querer servirle a Él. Esto es la idolatría de la religión.

Pero de Dios nadie se burla. En el medio de su carácter es su corazón inefablemente misericordioso para aquellos insurgentes idolatras por los cuales llevó a cabo la manifestación resplandeciente de su carácter  en la cruz del Calvario. Allí le pegaron a un árbol. Los que lo hicieron fueron los para quien su sangre se derramó para salvar. Fui yo que tuve el martillo y le clavó en la cruz, como el primero de pecadores; lo peor de devotos a sí mismo (1 Tim 1:15).

Sin embargo, en nuestra locura en rechazar y matar al hijo de Dios, Dios en su gran sabiduría, estaba reconciliando al mundo consigo mismo (2 Cor 5:19) y estaba redimiendo los pecadores idolatras para si mismo. Al morir a manos de pecadores por pecadores, su meta no es primeramente curarnos, sino rompernos. Sólo cuando estámos rotos por lo que hemos hecho y por quien somos, podemos ver lo que ha hecho y quien es Dios. Y en su sabiduría el evangelio de Dios no ha funcionado nunca para promover mi auto adoración sino para curarme de ella. Su gracia me libera de mi esclavitud a yo mismo. Me permite por fin, poco a poco, a volver la corona que le robé a Dios.

Esto es la diferencia entre el evangelio del Dios viviente y la idolatría de la religión. La ultima siempre se centra en yo mismo, enfocando en lo que hago yo y por eso no puede hacer nada para desviarme  hacia mi creador. El primero me promete que lo que no podía hacer yo, Dios ha hecho. Sólo noticias tan buenas pudieran convencer mis deseos idolatras a deleitarse en la obediencia a Él por lo cual fueron creados.

 

Soli Deo Gloria

¡pero, eres cristiano!

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‘¡No puedes decir eso! Eres cristiano!’, dijo mi amigo, no creyendo lo que acababa de oír. Por una parte, él tenía razón. Yo me había pasado de la raya de lo que había empezado como una broma pero había terminado como un comentario hiriente. Me había equivocado. No obstante, su justificación con respecto a por qué me había equivocado fue un buen ejemplo de una concepción común, pero equivocada, de lo que quiere decir ser cristiano. A lo largo de los siglos la fe ha venido a formar parte de las estructuras sociales, pero en vez de definir esas estructuras, la sociedad sí mismo ha venido de definir la fe. Como resultado tenemos que deshacernos del sedimento que se ha precipitado para detener de nuevo del corazón del evangelio cristiano; la justificación del pecador; la esencia de ser una persona cristiana.

La palabra teológica, la justificación se centra en la cuestión de cómo Dios acepta a los seres humanos. Debido a la rectora moral que mora en todos nosotros y que revela algo de ser creados ‘en la imagen de Dios’ (Gen 1:27), asumimos naturalmente que nos justificamos nosotros mismos por medio de nuestras buenas obras. Es decir, la moralidad y la espiritualidad de mi vida sirven como un indicador que utiliza Dios para aceptar o rechazarme. El resultado de esta comprensión equivocada es que se piensa que cristianos son los que se consideran moralmente superior a los que no buscan a impresionar a Dios por sus vidas; que creyentes son mejores que no-creyentes’.  Por tanto nos gusta mirar a cristianos que suspenden su propio examen en moralidad; ‘no puedes decir eso, eres cristiano!’

Ésta comprensión de la fe consiste en lo que llamamos la religión. La religión se centra en el individuo y las prácticas que efectúa para ganar el favor de Dios. Notablemente sin embargo, Jesús reserva sus palabras más duras para los líderes religiosos de la ciudad, los fariseos (Mateo 23:13-29). Los fariseos fueron los líderes espirituales y la cima de la sociedad. Estos hombres menospreciaban a otros por su inferioridad moral porque para ser fariseo se tenia que estudiar rigurosamente las escrituras santas y demostrar una fidelidad escrupulosa a la ley Mosaica; o a las ‘buenas obras’ como diríamos hoy en día.

Pero Jesús les aseguró que no habían leído la escritura correctamente. Mientras la ley y el código moral fueron intrínsecamente buenos, la meta de ellos era exponer como no alcanzamos para satisfacer sus requisitos (Romanos 3:20). Jesús explico que la ley condena naturalmente el pecador para que busque él un Salvador. Jesús estaba diciendo que la ley le señaló. Aquí explica la esencia de ser cristiano.

‘Porque la voluntad de mi Padre es que todos los que miran al Hijo de Dios y creen en él, tengan vida eterna; y yo los resucitaré en el día último.’ (Juan 6:40)

El trabajo de Dios consiste en hacernos creer en Jesús y su identidad verdadera como el hijo de Dios, el Salvador a quien señalaron los requisitos imposibles de la ley.

Puede ser que esto sea el contrario a nuestra concepción natural del Cristianismo y la justificación de los pecadores. Jesús es Salvador, no primeramente un profesor. El Cristianismo no es una cuerda religiosa para subir, sino una cuerda de urgencia que Dios ha bajado del cielo. Los cristianos no son los que se consideran moralmente mejores, sino moralmente bancarrota. No somos nuestros propios salvadores, sino los salvados. Si fueran capaces de ganar el favor de Dios, hubiera muerto Jesús para nada (Gal 2:20). Jesús tuvo que morir porque nosotros, cristianos o no, no han alcanzado los estándares perfectos de Dios y necesitamos un salvador que puede sustituir a nosotros. Jesús, al contrario, alcanzó esos estándares. En la cruz, por el amor de Dios, Jesús recibió el castigo que merecí yo, mientras recibí yo la vida perfecta de Jesús. No había ninguna otra manera.

Ninguna parte de la escritura nos permite pensar que el regalo gratis de Dios quiera decir que podemos vivir como queramos (Rom 6:1-2). Somos llamados a participar en el proceso lento de la transformación moral, espiritual y mental que ha iniciado Dios para ellos que confían solamente en la muerte de Dios como la única base de su aprobación. Por tanto, el nombre ‘cristiano’ quiere decir ‘pecador perdonado’. Cuando, como cristianos, decimos o hacemos algo que no corresponda a la moralidad cristiana, esto no niega nuestra afirmación ser cristiano o no nos hace hipócritas, sino valida nuestra afirmación que necesitamos un Salvador. El trabajo de Dios es que no miramos nuestra vidas como la base de salvación, sino la vida perfecta de Jesús que nos ha dado (Juan 6:40).

Quizás hay una ironía sutil aquí. Los cristianos, los que aceptan su necesidad de rescata por su inmoralidad, están llamados hipócritas por los que no agarran la cuerda de urgencia que les ofrece Jesús. Haciendo esto, están afirmando su moralidad superior. Todos saben que el orgullo invalida una moralidad verdadera. Es decir que cualquier moralidad empieza con la humildad. Y es la humildad que nos enseña de nuestra bancarrota moral y rompe nuestros corazones duros.  Nos convence todos de agarrar la cuerda de rescata que nos extiende Jesús.

‘Los que tienen oídos, oigan.’ (Marcos 4:9)

Soli Deo Gloria.

yo soy la eurocopa.

Me gusta mucho la Eurocopa 2012. Este concurso deportivo nos da la ocasión para expresar un buen patriotismo. A pesar de lo que los críticos digan,  no hay duda que esto es más que un partido. Estos jugadores representan nuestra nación en la escena internacional, en teatros en toda la Polonia y la Ucrania. Por esta razón multitudes de aficionados se agrupan, pintados y dejando bien puesta  la bandera de su país. Son patriotas orgullosos, unidos para celebrar ser español, ingles, francés o holandés.

Sin embargo puede ser que los críticos tengan razón cuando miramos lo que está detrás de la exhibición del patriotismo alrededor este torneo. Los hombres, las mujeres y los niños están juntos  enfrente de la televisión, gritando, aclamando, saltando, jurando, silbando y a menudo, llorando. Tal euforia y devastación señalan algo más  profunde que la celebración de una nación. Estamos muy preocupados con la fama de nuestro propio país. Esta gran preocupación se llama la adoración

Biológicamente somos lo que comamos. Sin embargo, espiritualmente, somos lo que adoremos.  Nuestra identidad se encuentra en lo que consideremos tener un valor último  para nuestra vida. Allí encontramos lo que nos defina como seres humanos. Esto no es sólo lo que tenemos en nuestros pasaportes sino el lugar en el que buscamos valor existencial y teleológica.  Cuando esta identidad se fortalece, aclamamos; cuando se amanece, tememos.

A pesar de las banalidades cotidianos con las cuales llenamos nuestras vidas, la gran pregunta de ‘Quién soy yo?’ tendremos que afrontar. La pregunta de mi mortalidad, mis limitaciones y mi destino es inevitable. Es una pregunta de identidad. Cuando Dios creó el mundo, nos creó para Él mismo. No porque nos necesitaba sino porque quería compartir su amor y relación con su pueblo. Nos creó como sus niños queridos. Nuestra identidad fluía de nuestra relación con Él. Como tal nos dio su creación como regalo. Nos dio la tarea digna de cuidar su mundo de manera que lo glorificaría. Esto era nuestra adoración. Dios nos ha creado de tal manera que nuestra adoración fluye de nuestra identidad. Sí, somos lo que adoremos.

Sin embargo, rechazamos la relación abajo de Dios como Señor. Rechazamos adorarle de modo que nos creó para hacer. Porque la identidad y la adoración son inseparables, al rechazarle, nos privamos de nuestra identidad verídica. No más adorábamos al Creador, sino la creación (Romanos 1:25). Como adoradores necesitábamos nuevos dioses para darnos una identidad y un significado. No obstante, mientras que el Creador ama y cuida a sus creaciones, estos dioses falsos no lo pueden. Mientras que una vez nuestra identidad fluía de nuestra relación con Dios, al separarse de esta relación, la pregunta ‘Quién soy yo?’ se planteó por la primera vez. No más sabíamos quien éramos.  La búsqueda había comenzado .

La búsqueda de identidad en dioses falsos no es divertida. Por el estudiante cuyo dios es el éxito, su seguridad, paz y valor se dependen en sus notas. Aprueba y es un ser humano. Suspende y se pregunta ‘quien soy yo?’. Por la persona cuya la identidad se encuentra en la aprobación de y relación con otras, ella deberá decir y hacer las cosas ‘correctas’ según la opinión de sus amigos. Un comentario positivo y va a estar tocando el cielo con las manos; una crítica le proporcionará desesperación. De ese modo, las emociones y sentido de paz oscilan. No hay paz, seguridad o un identidad verídica humana. Sólo hay miedo.

Jesús. Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores (1 Timiteo 1:15). Pero que quiere decir eso? Quiere decir que él vino para restablecer nuestra identidad.

 ‘Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros seamos justicia de Dios en él’. (2 Corintios 5:21)

Dios en sus gran misericordias  envió a Jesús para, lo que llamaba Martin Luther ‘el gran intercambio’. Por un lado hay seres humano que le han rechazado a Dios y han intentado encontrar una identidad falsa en dioses falsos. Esto nos hace pecadores y injustos. Por otro lado está Jesús que ‘no conoció pecado’; Dios en la forma humana. Aprendemos en la Biblia que al morir en la cruz Jesús substituyó su justicia por nuestro pecado que incurrió en su muerte para darnos su justicia y vida; para que ‘seamos justicia  de Dios.’ Esto significa que, a pesar de nuestro rechazo de Dios, él nos puede aceptar. Nuestra relación rota se puede restablecer. Y todo esto se trata de la identidad.

La Biblia dice mucho acerca de la identidad de pecadores salvos, conocidos como Cristianos. Somos hijos de Dios (Juan 1:12), amigos de Dios (Juan 15:15), justificados (Romanos 5:1), unidos con Cristo (1 Corintios 6:17), comprados (1 Corintios 6:19), perdonados (Efesios 1:13-14), satisfechos (Colosenses 2:9), libre de condenación (Romanos 8:1), lavados (1 Corintios 6:11), ciudadanos del cielo (Filipenses 3:20), hechura de Dios (Efesios 2:10) …podríamos seguir. Ser Cristiano se trata de encontrarse en Cristo.  Nuestra identidad se ha restablecido para adorar al Señor Jesús Cristo que nos ha salvado a través de su muerte.  Nuestra identidad está en Él. Nuestra adoración fluye de esta identidad.

Torneos como la Eurocopa 2012 demuestra la riqueza de nacionalidad, cultura y sociedad, no sólo en el mundo sino también solo en Europa. La paranoia  de derrota expone una identidad falsa. Es cuando no se trata de un buen patriotismo sino nuestra identidad ultima en una nación que el fútbol sea mucho mas que un partido. La derrota no sólo puede traer la decepción, sino la desesperación. ¿Qué más puede explicar los disturbios después de los partidos?

Contrario a esta brutalidad, como Cristianos debemos comprender que el plan de Dios en el mundo es completamente inclusivo. En toda la historia de su creación, su plan ha sido reunir un pueblo de todo tribu y lengua debajo de la bandera de Cristo. La identidad que divide la humanidad no consiste en la geografía, la lingüística o la cultura, sino en nuestra respuesta a Cristo. ¿Se encontramos en o fuera de Él?

Para ahora podemos celebrar nuestra nación. Podemos estar orgullosos de ser español, ingles, francés o holandés. Podemos vestirnos de la camiseta y gritar la canción de nuestro país. No obstante, en las multitudes diversas, hay un pueblo de cada nación, cuya camiseta es la justicia de Jesús y que está cantando una canción; ‘El Cordero que fue inmolado, es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza’ (Apocalypses 5:12).

Soli Deo Gloria

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